Flecha hacia arriba

‘Madrugar con propiedad’, por Sergio Ruiz Escarabajal

En un foro de internet, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía una conversación de las de teclado en escritorio, imagen de perfil hortera, conexión lenta y temática insustancial. Y yo, que no soy hidalgo pero sí hijo de alguien, participaba en ella. Poquito, pero lo hacía.

Se debatía acerca del gozo que se obtiene cuando el hedonismo gana la batalla por el despertar, y la tierra firme de los horarios vespertinos es lo primero que avista el vigía del navío de los sueños cuando su buque zozobra de vuelta a la vigilia. En otras palabras: hablábamos de lo a gusto que se queda uno cuando puede dormir hasta tarde.

Un internauta apodado Númenor el cansino, cuyo aspecto, nombre real y afiliaciones sociales ignoro (y así espero seguir), afirmaba que dormir hasta el mediodía es lo mejor que hay. Yo aporté que en el colegio nos dieron a leer una fábula sobre un anciano que consideraba un privilegio levantarse temprano para ver salir el Sol; la moraleja iba de carpe diem y juventud con salud, pero eso no viene al caso.

Lo importante es que Númenor el cansino me abrió los ojos con su mensaje (poco) literato: «El verdadero privilegio es levantarte cuando te salga de los […]», que he tenido que censurar, porque a lo mejor hay niños leyendo.

Años después, he cogido la costumbre de levantarme bastante antes de lo que mi horario profesional me exige. Si tengo que salir de casa a las 10:50 (confieso que mi horario no es muy exigente), mi alarma suena a las 08:00, y a las 08:15 ya estoy vestido, operativo, y a veces incluso desayunado.

Alguien me dijo una vez que tu trabajo es el motivo por el que te levantas todas las mañanas. Yo diría que eso es, como mínimo, una verdad incompleta.

Porque sí, hay empresas que funcionan como un faro en la oscuridad del mercado laboral. Pero también es cierto que muchas personas viven atrapadas en la llamada carrera de la rata: la búsqueda constante de algo mejor cuya recompensa real suele ser más carga, más presión y más desgaste; la persecución de una vida mejor a través de un laberinto que, en demasiados casos, sólo ofrece un descansillo con ansiolíticos.

Y, en ese tablero que llamamos «capitalismo», puede que estés entregando algo más valioso que tu tiempo en general: tus mejores horas.

No hablo de energías místicas ni de eslóganes de autoayuda. Hablo de biología básica. Para muchas personas, el momento de mayor claridad mental, mayor receptividad y mayor estabilidad ocurre al inicio del día: cuando acabas de despertarte, aún no estás saturado, y tu cuerpo no ha empezado a pasarte factura.

Es incómodo, pero necesario, preguntarse tres cosas: «¿Se me recompensa debidamente cuando doy mis mejores horas al sistema?»; «¿Se me paga a un precio justo este tiempo de mi vida que estoy vendiendo?»; «¿Puedo seguir así tantos de los años que espero vivir?».

No son preguntas agradables. Tienen la mala costumbre de arruinarte el café si te las tomas en serio. Pero precisamente por eso importan.

Porque, incluso cuando todo «funciona», no formularlas ya implica una cesión: entrar en piloto automático, dejar de decidir y limitarse a cumplir. Y hay una diferencia enorme entre ambas cosas.

Una herramienta sin mantenimiento se estropea y se sustituye sin drama. Una persona se estropea, y la historia es distinta: a veces se recompone, a veces no del todo. Y el coste no lo asume una cuenta de resultados, sino la vida de quien se rompe.

Por eso madrugar, que parece un asunto trivial de horarios, es en realidad algo más delicado. Madrugar sin pensar, porque alguien decidió por ti cuándo empieza tu utilidad, no tiene nada de virtud. Es, en el mejor de los casos, disciplina al servicio de fines ajenos; en el peor, una forma elegante de entregar lo mejor de ti sin haber negociado el precio.

Pero madrugar de otra manera es distinto. Levantarte antes de lo necesario no para rendir más, sino para existir mejor antes de empezar a rendir, cambia el sentido del gesto. Porque entonces ese primer tramo del día en el que estás más lúcido, más tú, deja de ser un recurso que cedes y pasa a ser un espacio que reconquistas.

Y ahí está la diferencia: que madrugar no es una cuestión de disciplina ni de productividad, sino de propiedad; decides si tus mejores horas son lo primero que entregas, o lo primero que disfrutas.

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